Posteado por: blogvasari | 20 mayo 2009

La Alegoría de Venus y Cupido de Agnolo Bronzino

La LujuriaEn pleno apogeo de la estética manierista italiana surgió la figura de un pintor que encarnó como nadie el eslabón que supuso la transición entre el manierismo imperante y las nuevas corrientes estéticas impuestas por la Contrarreforma.

Nacido en Monticelli en 1503, Agnolo Bronzino tuvo una buena formación junto al conocido pintor de su época Jacopo da Pontormo, para el que trabajó en su taller hasta que obtuvo el reconocimiento necesario como para dedicarse a la actividad pictórica en solitario. A diferencia de su maestro, optó por volver a esa estética clásica renacentista en la cual la composición equilibrada y el dibujo preciosista le hizo abandonar el gusto imperante por esas composiciones atrevidas llenas de dinamismo y soltura de ejecución de moda en el nuevo siglo.


Sin embargo, a pesar de la revolución temática que la Contrarreforma inyectó en el mundo artístico europeo de la época, siempre conservó ese interés por la temática mitológica clásica y sobre todo por los grandes enigmas que encierra. Quizás, una de las obras más admiradas y más enigmáticas de este artista fue sin duda La Alegoría de Venus y Cupido, en la cual se revela ante el espectador un beso lascivo y escandaloso entre Venus y su hijo Cupido. Lógicamente, lo primero que le viene a la mente al que contemple esta obra es la representación del mal de Edipo, en el que pone de manifiesto el amor subconsciente (mitad carnal, mitad filial) que siente todo hijo por su madre.

Pero nada más lejos de lo que aquí se representa. Básicamente, lo que tenemos ante los ojos es una representación alegórica de lo que el autor consideraba el amor. El amor, como concepto, aparece representado por las dos figuras mitológicas que lo componen, por un lado Cupido, que es la representación del enamoramiento, del cegamiento del amor ideal a primera vista (amor platónico), y Venus, como la representación de la pasión y del amor carnal o físico

Obviamente, según la interpretación del cuadro, el amor es la fusión armoniosa y atractiva de estos dos aspectos de una relación amorosa, es decir, es el fruto de la suma de la atracción sexual (Venus) y la idealización platónica que hace el amante al enamorarse a primera vista (Cupido)

El cuadro se complementa rodeando la escena amorosa de una serie de personajes que son la representación de todos aquellos factores que provocan que el amor se marchite.

En primer lugar, a la izquierda y en segundo plano aparece la figura de los Celos, el cual está sumido en la desesperación tirándose de la cabellera. Sobre la figura de los Celos, aparece una máscara con rostro femenino, pero totalmente hueca que representa la figura de la Necedad, ya que no tiene sesos. En el último plano, a la derecha aparece desde la oscuridad el Engaño, que es un joven con miel en una mano y un escorpión en la mano que tiene semiescondida. Delante del mismo aparece un putti danzante arrojando pétalos de rosa como símbolo del amor y la belleza que se asocia a Venus, la cual porta la manzana dorada ganada como diosa más bella en el Juicio de Paris. Y junto a Cupido aparece una paloma, símbolo del amor puro en la mitología clásica, y en la parte superior, cerrando la escena, está Saturno, dios del Tiempo, el cual pone a prueba el amor y pone cada cosa en su sitio

Por último, en el suelo, hay dos máscaras, una sonriente y otra triste, como símbolo de la  temática moralizante de la escena.

Así que a modo de resumen podemos decir que el cuadro representa al amor, el cual se compone de pasión carnal y amor idealizado en estrecha unión, pero está abocado al fracaso tarde o temprano por culpa del tiempo, que hace que pierda su encanto, la necedad entre la pareja y los celos que producen los engaños  y la traición.

De esta manera, hemos podido comprobar que se trata de una obra con una temática muy compleja que utiliza una temática basada en el clasicismo, pero que anuncia el primer barroco y una una temática mitológica puramente clásica, pero al servicio de la carga moral que pretendía inyectar la Contrarreforma en el imaginario social moderno y que alcanzará su máximo apogeo artístico con las “vanitas”, años más tarde.

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